En menos de un día la cuestión del mar incendió la tierra

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 Laboratorios salvajes

Desde hace décadas la marea roja viene sobre el mar interior patagónico exactamente como una marea: oleadas rítmicas que sacuden nuestras costas. Su existencia se ha tornado un trasfondo, algo que no se nota ni interroga.

En abril de este año el trasfondo bruscamente volvió a ser figura y el ritmo de la marea apuró su paso: varazones masivas en Chiloé, prohibición de extracción de mariscos en zonas jamás afectadas, aparición de toxinas y dinoflagelados en organismos marinos no sospechados. En menos de un día la cuestión del mar incendió la tierra: caminos cortados, subsidios de gobierno, neumáticos ardientes. Tácticas del siglo XX buscando entroncar su decimonónica estrategia con esta actualidad de ribetes incomprensibles, conexiones dudosas, abrumadoras responsabilidades. Hoy poco importa, pues el olvido se ha restituido.

Aunque es altamente previsible que el verano próximo el ciclo se repita. En septiembre recién pasado la UINC publicó su informe sobre el calentamiento oceánico. Las temperaturas de superficie en el 2015 alcanzaron la cifra más alta del Extended Reconstructed Sea Surface Temperature (ERSST), registro iniciado en 1880. Desde el año 2005, en cuatro oportunidades las cifras han sobrepasado los peaks de los datos previos.

El calentamiento oceánico es una hecho evidente, sostenido y en progresión. Desde 1920 el incremento es cercano a 0,13°C por década. Dado que la capacidad de absorber calor del agua es 4000 veces la del aire, considerando el enorme volumen de los océanos, es posible estimar que el océano ha amortiguado el calentamiento global, guardando cerca de un 93% del calor antrópico.

En ese mismo informe se señala que el mar mediterráneo puede ser usado como un proxy del escenario por venir en biodiversidad, a partir de estas condiciones. La existencia de series de tiempo de larga data y el funcionamiento masivo de estaciones de monitoreo lo convierten en un laboratorio de campo.

A su manera el mar interior de Chile ha sido ya parte de un experimento. De un laboratorio sucio y desordenado, en manos de técnicos copados de eficiencia microeconómica, pero lejanos a una biología ecológicamente situada, algo descuidados en los registros, protocolos y manejo de residuos.

Un mar sometido a cargas y trabajos sin límites. Una secuencia de experimentos odiosos, predatorios, asfixiantes e intoxicantes: extracción aniquilatoria de sus especies marinas endémicas, introducción de especies ecológicamente agresivas, enjauladamente hacinadas. Sustancias tóxicas vertidas por doquier: verde de malaquita, antibióticos, pesticidas, antifouling, ácido fórmico. Escorrentías al fondo marino de aguas ciudadanas plenas de nitrógeno entremezcladas con los restos sedimentantes de pellets de alimento y las subsecuentes deposiciones.

Una antología de experimentos dislocados, bio-homogenizantes, que han temperado el mar hasta llevarlo de la muda aceptación al silencioso duelo de varazones en masa.

El calentamiento del mar interior de Chile es el resultado de sucesivos efectos antrópicos, cuyo porvenir sólo puede ser auscultado con una biología ecológicamente situada.

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