Celebramos la aparición del libro de Ed Yong que condensa una visión ecológica de nuestra existencia junto a las bacterias, en momentos en que Todos somos líquenes: Introducción a una visión simbiótica de la vida, de Scott Gilbert, Alfred Tauber y Jan Sapp, entra a las prensas como tercera publicación de la Serie Espumas de Humus. También las ediciones poseen una cierta ecología y esta encuentro de ambas publicaciones es un aporte a la bibliodiversidad en la comprensión de la biología como una ecología ampliada.

Si preguntamos a la gente de a pie por algunas bacterias, de seguro nos nombrarán a Escherichia coli, bacilo de Koch o Salmonella sp. Pocos nombrarán a Hamiltonella defensa o a Wolbachia pipientis. La imagen de una bacteria aún es la de un patógeno que nos amenaza y contra el cual movilizamos un aparato específico de defensa: el sistema inmune.

El libro Yo contengo multitudes, editado por Debate, Penguin/Random House/Grupo Editorial, septiembre 2017, resume ideas e itinerarios de un movimiento intelectual en la biología del siglo XX y XXI, animado desde la microbiología, que se mueve en otro sentido. Las ideas que aquí se despliegan debería ayudarnos a sustituir nuestra visión de las bacterias como seres agresivos –virulentos en la jerga técnica– empeñados en destruirnos mediante plagas, en medio de una competencia furiosa de los seres vivos, por una visión simbiótica, cooperativa, en suma, ecológica, de nuestra existencia. Wolbachia o Hamiltonella son las embajadoras de estas nuevas posibilidades, registrando su labor simbiótica en el desarrollo de insectos. O los Bifidobacterium infantis alimentados al interior de nuestros intestinos neonatales con azúcares especialmente diseñados para ellas, en la leche de las madres. Verdades que van a contrapelo de la lucha y el agonismo como forma de producción de lo común, cuya expresión más cruda es el mercado y la libre competencia. La microbiología muestra que lo colectivo no es el resultado de una gigantesca suma de cálculos individuales ni el resultado neto de contraposiciones de individuos egoístas. Las bacterias son la generosidad viviente, los intercambios siempre excedentarios, las colaboraciones que suman siempre más. Las bacterias en su hacer demuelen los muros de la microeconomía y la modernidad, en una serie de acontecimientos que sin derrumbar ninguna edificación, señalan el valor de lo cooperativo, de lo intermediado, del don.

La crónica de este libro debería ayudarnos a trasladar la visión de las bacterias como agresión o epidemia, al de compañeras y aliadas. Seres con los que intercambiamos horizontalmente genes. Seres con los que somos un mismo desarrollo. Bioma, holobiontes, simbiosis son las palabras que se levantan en este movimiento. Sus intelectuales van desde Leuwenhook, a Scott Gilbert y Margaret McFall-Gnai pasando por Ilísa Méchnikov, René Dubos, Carl Woese y Lynnn Margulis.

Las teorías que sostienen esta transformación, se han labrado con placas de cultivos, tórulas de cepillado y mucha genómica, o mejor dicho, metagenómica. La propuesta es muy sencilla: un ser vivo es un ecosistema en sí mismo, conformado por múltiples seres. Los animales eucariontes, es decir con núcleo y estructura celular, provenimos de las bacterias. Habitamos un mundo originalmente bacteriano y seguimos siendo mayoritariamente bacterianos. Aunque la cifra no es sencilla de calcular, podemos decir que cada célula humana de nuestro cuerpo, es equiparada cuantitativamente por una bacteria. Las asociaciones de seres vivos, los ecosistemas, no vienen después. El ecosistema es el origen. No hay necesidad de explicar porqué surge lo colectivo.

Una cuestión tan radical, que conecta con saberes originarios, traducciones del arte y verdades biológicas cotidianas (como el valor de la lactancia materna o de nuestras heces), pone de cabeza este tiempo descoyuntado en que la búsqueda de una singularización humana ha provocado una de-singularización del planeta. Trágico, porque si hay algo cierto, es que la tierra es EL planeta. Al menos, para nosotros.

Este es el primer libro de Ed Yong (http://phenomena.nationalgeographic.com/blog/not-exactly- rocket-science/) y si bien aparece como de divulgación, la palabra desafortunadamente suena a vulgarización. Pero no es el caso. Toma las dimensiones biológicas, ecológicas, médicas y evolutivas, con sus dificultades y avanza con notas de historias de las ciencias de mucho valor. Escribe algunos párrafos con dramatismo estremecedor, por ejemplo cuando Alvin desciende 2400 metros para encontrar un estallido de vida, dependiente de bacterias y de azufre.

Como en un nuevo mayo ′68, TODOS SOMOS LÍQUENES.

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