Humus editores
Clase inaugural Magíster Salud Colectiva U. Los Lagos, Chinquihue (Puerto Montt), 13 abril 2018.

Hace casi 500 años –ese 21 de octubre en que Magallanes pasó el cabo de las vírgenes– ya éramos monstruosos. No importa si Pigafeta nos llamó patagones para aludir a una literatura renacentista. Lo cierto es hemos sido parte de occidente como ejemplo de una monstruosidad corporal. Patagones. Nuestros pies demasiados grandes, nuestro caminar demasiado ancho y errático.
Pueblos que no sólo vagan por la tierra, sino además por el mar. Mientras ustedes circunnavegan, exploran, publican, nosotros erramos. Y seguimos errando.
Monstruos desde la partida. Menos que animales, hubieron de re-inventar la barbarie, para tener un lugar dónde ubicarnos. Puesto que los animales salvajes son superiores a nosotros, ya que al menos sienten amor por sus crías, respetan la misma familia trinitaria que occidente dice respetar. Pero nuestra moralidad es tan dudosa que ni siquiera damos para sostener esos vínculos.
Poseemos un alma tal vez, pero llena de inconstancia. Somos habitantes de una tierra sin nombre, viviendo un estado previo a la animalidad, sorprendentemente no tenemos cola, caminamos erguidos, hacemos fuego. Pero somos monstruos. Nuestra tierra, nuestros mares, nuestros canales, no poseen tampoco nombres propios. Son sus apellidos, las marcas de sus familias, las que pueblan y nominan nuestro suelo, nuestras aguas, nuestras montañas.

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