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Santiago de Chile, 18 de Octubre – 18 de Noviembre

Tras muchos meses de Paro de las Entradas de HumusEditores.cl, hay demasiado que decir. A un mes del estallido social en Santiago de Chile, y que rápidamente prendió ciudades y pueblos, urge hablar de lo común, de la urgencia de conectar, de no separar, no separar naturaleza y cultura, agua y tierra. Habitar Chile, como un cuerpo común, una red que había perdido su sinapsis. Como si esa acción, el salto del primer estudiante del torniquete de la línea 1 del Metro de Santiago fuera el neurotransmisor que enciende, que reactiva: Chile Despertó.

Desde ese día la Plaza de la Dignidad se fue convirtiendo en el epicentro de la conciencia, de un honor de muchos chilenos que dicen Nos Cansamos. La dignidad podemos traducirla como buen trato, en este caso, por parte de un Estado, un gobierno que ha privatizado hasta el agua, amparado en la Constitución de 1980, redactada por la Dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet Ugarte cuyo articulador fue Jaime Guzmán Errázuriz. Ésta, que sustenta el modelo neoliberal, se ha profundizado tanto hasta ser inaguantable.

Pero, vamos a hablar de la Plaza de la Dignidad, de los Espacios Públicos, del agotamiento de vivir encerrados en nuestros deseos personales, familiares, cuando hemos dejado lo colectivo por décadas. Un entramado de presencias que quieren hacer sinapsis, entre euforia, alegría, fuego, juego y calma, los «capuchas», la señora, los cabros, las niñas, los oficinistas, las barras de los equipos del futbol chileno, símbolo del «circo del pueblo», están allí, buscando lo mismo, lo mismo en lo diverso, inconformes, inconformes, inconformes. La diversidad enlazada, entramada como las lianas de un bosque, hongos trepando árboles, troncos en el suelo. No es verde ni húmedo, pero es enmarañado y misterioso. Que esta diversidad se humedezca y permita que podamos co-habitar en un un aire, un suelo, y un subsuelo común.

La clase política llega al Acuerdo por la Paz sin las organizaciones sociales, sin considerar las demandas urgentes, y en la calle no sólo es la angustia y la rabia instalada, persistente, adosada a los muros de la ciudad, es la ausencia de una señal verdadera de entendimiento: la decadencia feroz de un modelo, unas maneras de relacionarnos, de habitar los lugares, de un mundo privado que desconfigura lo diverso y apela a la parcelación de las vidas y los saberes.

Lo que ocurre en la Plaza de la Dignidad es parte de esta explosión social que acusa esa camisa de fuerza en la que hemos habitado. Hemos estado dentro de ella, correctos, bien vestidos, ordenados, emprendedores, viajeros, lectores, todo dentro de una normalidad «zen», decorada con un minimalismo que habla de un colonialismo instalado en nuestras casas, en la cocina, en el mueble donde ponemos la tetera del Té.

Pero la Plaza es una conquista, es un territorio exigido de una comunidad rota. Mientras unos, rostro cubierto, enfrentan y libran un coraje milenario frente a la fuerza policial, otros hacen picnic; mientras unos flamean banderas y otros vociferan gritos de resistencia, otros bailan. Parece un rito necesario, una ceremonia que esperó por siglos.

El fuego, el carnaval, la comida, la cerveza, los limones, la solidaridad con el afectado, todo habla de una urgencia. Y no basta con mirar los destrozos, con llorar nuestra tan ansiada ciudad con aire europeo, con lamentarnos de los saqueos que afectan a Walmart, con solidarizar con la paz de vivir en tu casa buscando paz en tu interior. Mirar, estar afuera, atravesar el campo de batalla y transitar en esa búsqueda de lo común, es darte cuenta de la potencia que tienen los nombres de los lugares, pero además, de la significancia de los espacios que actúan como trofeos. El espacio público, los espacio-tiempo como una de las demandas de base, el lugar de lo común.