Fue Diciembre 7, de 2016.

«Salimos desde Puerto Montt a las 19:00; a las 21:05 ya estamos en Hornopirén donde decidimos desplegar el primer campamento, cargados de víveres, cámaras fotográficas, cuadernos, lápices, libros y un microscopio. El lugar, un camping en el patio de una casa asentada a orillas del río Cuchildeo donde vive Juan Almonacid, su mujer y sus dos hijos, de unos 11 y 13 años, que revolotean como pájaros y saltan como cachorros, alegres de recibir nuevos visitantes. Don Juan se acerca con una carga de palos y cartón, y enciende una fogata que nos cobija en un atardecer húmedo en el inicio de este viaje de edición».

Cerca de ese fuego iniciamos una larga conversación sobre el libro que íbamos a escribir, el primero de una serie que oscilaba entre las marcas del Antropoceno y la que llamábamos latoureaneamente, «la zona crítica que habitamos» . Estábamos enlazando ideas, preguntas, datos y miradas. Por la noche el río se escuchaba como una tormenta.

«Ya es la mañana del jueves y seguimos hacia Futaleufú embarcándonos en el «Agios» de Transportes Austral. En ese tránsito a flote, nos sumergimos en un lugar-tiempo que sólo permiten los viajes, o como dice Marc Augé, los no-lugares, lugares algunos que nos parecieron un paisaje en pausa, como si navegáramos en un paisaje fotográfico.

En el Fiordo Leptepu alcanzamos a ver el Dresden encajonado, más allá divisamos canoas  aguas arriba y aguas abajo con sus peritos navegantes kaweskar y observamos las balsas salmoneras como si ya estuviésemos viviendo entre las ruinas.

En toda la ruta divisamos Jaulas de engorda de salmones, casas flotantes cercanas a las orillas de los sitios eriazos que paisajean los Centros de cultivo rodeados de manchones de Digitalis purpúrea, esa flor introducida de la que se extraía la digitalina, usada para medicaciones cardíacas;  en medio de la ladera de bosques de coihue pudimos ver un camión adosado a una roca del fiordo; nos damos cuenta que nuestro viaje de Historia natural ya ha comenzado y no queremos dejar esta mirada etnográfica que de alguna manera nos desplaza y nos sumerge en un viaje sin chronos.

Camino a Futaleufú paramos en Chaitén. Una parada necesaria, un nuevo campamento en el patio de otra casa, de este otro pueblo. Aquí, una cocina-comedor, muy sureña y emplazada en el jardín trasero del camping casero, fue transformada por nosotros en laboratorio de naturalistas, con lámparas tenues leímos y seguimos trazando sobre el mapa».

El viaje continuó hasta El Amarillo donde nos sumergimos en aguas calientes hasta el cuello mirando la montaña. Un largo camino después de las Termas del Amarillo hasta Futaleufú; fütra (grande) y ḻewfu/lhewfu (río): río grande o gran río. La altura de las montañas rocosas, el viento y los verdes e imponentes árboles respirando en un día brillante y soleado fueron buen motivo para permanecer en silencio.

Fue en este viaje donde las Espumas de Humus tomaron forma y el libro que pensábamos escribir quedó en los cuadernos de cada uno. Esas notas permanecen como hojas y flores guardadas entre páginas, que intentan ayudarnos a recordar los lugares y por qué queremos caminarlos.

Paula Hdez, Mayo 14, 2019