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Números del mar

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Viajando hacia lo salvaje por el fiordo Comau, se avistan regularmente centros de cultivo, balsas jaulas, camiones estacionados en acantilados imposibles y selváticos, lanchas rápidas burlándose de los secretos del Dresden.

Mientras una barcaza nos lleva a Estero Largo, aprovechamos de leer el informe de mayo del 2016 de SERNAPESCA  sobre el vertimiento de 4655 toneladas de salmones muertos en Marzo  de este año (http://www.sernapesca.cl/presentaciones/Comunicaciones/Vertimiento_de_Salmones_13-05-2016.pdf).

Lanzar al mar una cifra tal parece una magnitud enorme, independiente de su articulación en la secuencia de la crisis. Lo cierto es que esa  cantidad representa la menor parte de la mortalidad reportada, estimada en 38 300 toneladas. Como se ve en el gráfico, la mayor parte fue destinada a harina de pescado o depositada en vertederos en tierra.

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Si se comparan esas magnitudes con las de la producción total de salmones, estimada por la industria en 680 000 toneladas ( un año “malo”, comparado con las 800 000 del 2015), vemos que la mortalidad total no fue más de un 6% de la producción total y el depósito en el mar, cercano a un 6%.

Cuando se mira la serie de tiempo de las últimas décadas, resulta evidente que en pocos años se pasó de un ecosistema a otro. Y como bien dice Beatriz Bustos, antes de los 80 no se trataba de un territorio sin intervención (http://www.scielo.cl/pdf/eure/v38n115/art10.pdf).

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La multiplicación de sitios y la colonización de lo salvaje tomaron también una velocidad explosiva, en la imagen tomada del mismo artículo de Beatriz Bustos.

 

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¿Cómo no sentirse abrumados por la magnitud de los números, por los millones de animales involucrados (25 millones de muertos) y por el tonelaje producido?¿Cómo no sentir que el mar interior ha sido perturbado profundamente, llevado a un atractor imprevisible, esta vez no mediante la extracción pura e inmediata (como las conserveras de los 60-70 y 80) , si no mediante la operación de siembra, crianza y cosecha?

Si ya en 1993 se consideraba que la producción de residuos de 80 000 toneladas equivalía a la generada por 2.2 a 2.6 millones de personas, el “optimo” año 2015, con sus 800 000 toneladas, bien puede equiparar a un Chile y medio.

Sorprendentemente la operación intelectual de aislar este vertimiento como el factor desencadenante de la crisis oceánica de este año, oscurece el trasfondo cotidiano de la perturbación masiva del mar interior, la multidimensionalidad de los efectos y de las causas, su increíble heterogeneidad y combinatoria.

Pero a la vez, dejar de lado los bucles de ésta y otras industrias, disolviendo la cuestión en una expresión como calentamiento global o  calentamiento oceánico incluso,  deja a los pequeños colectivos casi sin espacio para una acción.

Entendemos el trabajo de estudio de Zonas Críticas como una tercera vía, una alternativa al Escila particularísimo del vertimiento de la mortalidad en marzo o el Caribdis generalizado del cambio climático.  Uno  y otro,  monocausales, lineales, sin recursividades.

Lo entendemos como un camino a emprender para aquellos que queremos hacer algo, que sea posible y fructífero, interesante y creador. Y que no sea más de la mismo.

Una primera cuestión es empezar a visualizar las cifras, aquilatarlas y compartirlas. Cifras que sólo se vuelven significativas si se leen en el territorio, sea caminado, a velocidad de navegación marítima o de motores a explosión.  Aventurar las ideas en medio del camino, apurar su circulación, combinar las fuentes, las escalas, los métodos, los sitios de debate.