VOYAGER, STEPHEN PYNE

Voyager  Exploration, space and the third great age of discovery

Stephen Pyne 2010, Penguin Books. 444 págs.

El historiador del fuego nos dice que un par de gemelos robots lanzados al espacio en 1977 y aún vivos más allá del sistema solar, son parte de la tercera gran edad de descubrimientos.

¿Dónde quedó el fuego, el pleistoceno, el Gran Cañón?

Confesamos haber recién abierto el libro de Pyne, tras cerrar su libro Vision and Voice, una guía para escribir historia y otras no-ficciones serias. También después de una travesía de campo por Mehuín y Puerto Saavedra, copihues y pilguas a la orilla del camino rural, locomóviles y agua caliente regalada en San José de la Mariquina.

La primera edad de exploraciones para Pyne es la de Colón y Magallanes, de España y Portugal. Marcada por el mar y las costas. Por el descubrimiento de lo desconocido. La segunda, una época de ciencias y mares, pero adentrándose al continente. Iniciada con la medición del tránsito de Venus, las figuras que marcan la época despliegan nombres como Cook, Humboldt, Darwin, Wallace. Marcan una época llena de ciencia, de naturalistas y exploradores. De objetividad, fotos, reproducciones.

Para Pyne la exploración igual que la guerra es la continuación de la política, pero por otros medios.

Si la segunda fase se agota con la antártica, y Pyne ha escrito y vivido allí, la tercera fase está marcada por estos robots que el Jet Propulsory Laboratory lanza con vida media de casi 50 años en un despegue sin retorno.

Una nueva política, buscando medios para ir mas allá del sistema solar.

Respirando pausadamente entre Saturno, Jupíter, Neptuno, Plutón y sus lunas, el texto de Pyne va navegando entre la quietud de la navegación y la producción de señales en el momento de los encuentros. Intercalando las lecturas de la primera y segunda gran época, este libro es un ejemplo de escritura , recursividad y tiempos.

Voyager bien pudiera ser leído como una historia de una tecnología exitosa, siempre al borde del fracaso, los sutiles autómatas (dos en viaje y uno en tierra para trabajar las dificultades de los viajeros) no nos llevan a nuevos mundos y a una vida extratrestre.

Pyne deplazándose en las unidades astronómicas en que se miden las distancias con los Voyagers, nos regresa las exploraciones submarinas de la segunda guerra mundial, al Trieste y a los black smoke del Alvin y de Picard y Ballard. Y con ellos, al estudio de las dorsales submarinas, a la reanimación de la teoría de Wegener en los 60 a partir de los estudios de paleomagnetismo, de la dinámica de placas y la deriva de continentes.

Volviendo a una Rachel Carlson que intuía en la química oceánica, la vitalidad geológica planetaria, Pyne nos dice que el silencioso mensaje proveniente de mas allá del sistema solar, desde los Voyager es que somos de la tierra y que nuestro destino está acá.

De alguna manerde la mano de Pyne, esta tercera edad nos devuelve al fuego, a esa exclusividad terrestre del fuego, alma y destino de la tierra.