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La academia como zona crítica / Academy as territory for critical zone studies

Escribir contra la academia en un país que no trata con debido respeto a sus académicos puede sonar a herejía fascista. Lo que ocurre es que hay algo peor que el fascismo o que quizás sea como un fascismo de tiempos normales: el abrumador peso autoritario de una academia que dicta el conformismo con el presente, o en su revés, un criticismo inútil, extemporáneo y decorativo.

Que el presente no es un tiempo para conformismo resulta evidente. Nuestra civilización ha acorralado a nuestros hermanos vivientes y no vivientes, bichos, rocas, ríos, hielos, mares, glaciares, plantas, hongos, bacterias, macromoléculas, contra la pared de la extinción.

La academia es parte de ese acorralamiento. Un ejemplo, la introducción de antibióticos y pesticidas en la industria salmonera ¿quién sino nuestra academia ha sido la impulsora intelectual?

Pero hay algo más serio aún: la vida de las aulas. Ser educado hoy es peor que ser gobernado en tiempos de Proudhon. Es ser adoctrinado no sólo en lo que se puede pensar y en cómo se puede pensar, sino en qué saber es verdadero y cuál no. Y adoctrinamiento en el sentido que la veracidad del saber no resulta ser materia de prueba, de contraste empírico con la materialidad del mundo, sino de adecuación con las versiones dictadas por el profesor.

Las universidades en momentos peculiares de su historia han ejercitado un saber valioso, estético y enriquecedor. Han aportado a las comunidades con saberes brillantes. Pero en otras épocas han sido poco más que defensores del escolasticismo (con el perdón de los escolastas), adoctrinadores para la guerra de las profesiones, para la ceguera especializada en ceguera.

Pero academia suena a pensamiento, a teoría, a saber. Y cuando los políticos tambalean (tan a
menudo como a menudo) llaman a los académicos como portadores del saber, generan comisiones, informes técnicos, proyectos y fondos. Y los gobiernos, ministerios y reparticiones pasan a ser guiados por los académicos, un poco como Lear era guiado por los acantilados de Dover.

En las aulas los niños se mantienen pegados a sus asientos gracias al metilfenidato, a los restos de autoritarismo y miedo, pocas veces por el encanto de sus maestros. La enseñanza por doquier es un entrenamiento para aprender a responder pruebas, y lo aprendido se verifica mediante la cuantificación de las notas.

Dejamos hasta la línea previa, este texto interrumpido por más de un mes, esperando tal vez
un milagro educativo que nos hiciera verlo como exageraciones.

Entre tanto topamos con el libro de Recalcati (Recalcati, 2016). Un viaje prodigioso a una
escuela en ruina, abandonada, asfixiada:

No respira, apenas cuenta ya en absoluto, renquea, es pobre, está marginada, sus
edificios se caen a pedazos, sus profesores se ven humillados, frustrados, ridiculiza-
dos, sus alumnos han dejado de estudiar, se muestran distraídos o violentos, defen-
didos por sus familias, caprichosos y procaces, su noble tradición está en irremisible
decadencia (Recalcati, 2016)

De un diagnóstico tan real, amargo, irónico, quizás nada puede esperarse. Seguimos la lectura y
nos topamos con la reivindicación de la clase. ¿Quién podría confiar en medio de la proliferación de los cursos online, de las aulas virtuales, de los prodigios informáticos de la docencia, que el renacer de la educación pudiera residir en la clase?

Pero Recalcati nos soprende, nos sugiere y nos anima. El estilo profesoral, la presencia, la posi-
bilidad de recuperar una erótica en la enseñanza, la del placer por aprender.

¿Quién no ha sentido el estremecimiento de un saber particularmente intenso en emociones?
Produciendo un psicoanálisis del siglo XXI, nos sugiere el mito de Telémaco, como alternativo
al Edipo fenecido en 1968 y al Narciso de la posmodernidad. Un hijo que busca el retorno del
padre, de un padre que libera el hogar, de una autoridad sustentada en un amor, que transfiere, que reconoce la ignorancia, que pone el gesto del no saber como el gesto de autoridad, que permite el desarrollo de la subjetividad del hijo.

Dibujando un Lacan animoso y animado, reivindicando una frase suya: “Acallar el amor”, Re-
calcati emprende una crítica radical a la educación en manos de las tres i: empresa (impresa en
italiano),informática, inglés. A los desastres de una educación guiada por la economía, la utili-
dad, las cifras, las notas, le opone una escuela orientada a la clase, al desempeño casi artístico del maestro en la hora de clase, a la fuerza de su voz, de su estilo, a la resonancia de las paredes a las cuales a veces resulta tan provechoso hablar.

Enseñar es cuidar la vid torcida, en sus palabras sobre el maestro:

No es alguien que instruye enderezando la planta torcida ni alguien que transfiere
sistemáticamente el contenido de un recipiente a otro, de acuerdo con esquemas
o mapas cognitivos más o menos refinados …que sabe apreciar las diferencias, la
singularidad, estimulando la curiosidad de cada uno sin perseguir sin embargo una
imagen de «estudiante ideal». Todo lo contrario, exalta los defectos, incluso los
síntomas, las distorsiones de cada uno de sus alumnos, uno por uno …que sabe
cómo amar la vid torcida.

Ninguna acreditación, ninguna Ley General, ninguna carrera docente, preguntará por estas vi-
des, por aquellos que acallan el amor, por los buscadores de Telémacos. Y sin embargo sólo
restituyendo a la clase, al maestro, su poderosa carga creadora podrán las instituciones docentes realmente instituir algún aprendizaje.


Referencias
Recalcati, M. (2016). La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza. Anagrama, Barcelona.